La necesidad de explicarme para explicarte
Casi personal, casi biográfico, a veces imaginado.
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Las personas llegan sin buscar. Esos encuentros simplemente suceden, sin planeación, sin premeditación. Y así, me lo presentaron. De inicio no hablamos. Ni me fijé que me miraba. Después, ya evidente, lo noté. Y lo empecé a mirar.
Y la noche siguió. Despacio. Preguntas. Conversamos. Y el espacio se rompía poco a poco entre nosotros. El suave roce de la mano en una pierna. El tiempo se acomulaba en cada palabra.
Inexorablemente lo inminente sucedió, el fin de la noche, la amenaza del amanecer. Me pidió traerme a mi casa. Tomé fuerzas y respondí que no. Insistió. Dije y redije, que no.
Por un momento, mientras insistía, lamenté no estar solo. Él parecía, como han parecido tantos la primera noche, perfecto.
Después de una semana regresó. Lo extrañaba. Los últimos tres días fueron los tristes: bañarme en silencio, la rutina matutina solitaria, música en francés en el carro, la noche aburrida... en fin, me hacía falta.
Regresó, tenía yo una gran sonrisa para recibirlo. Él venía cansado, no tenía tantas sonrisas como acostumbra. Manejó. Llegamos. Comimos. Me puse a trabajar. Miró la tele. Me llamó para dormir, con una sonrisa, algo cariñoso. Supe que su humor estaba mejorando.
Y yo ya la cabeza la tenía perdida en las angustias del trabajo. No pude dormir hasta las 3 pensando en qué hacer. A pesar de eso, fue agradable despertar y verle ahí. Sí, me hizo falta.
Viajes de trabajo. Suceden de vez en cuando. Y se fue. Faltan días para que regrese.
Y yo, no tengo tantas ganas de regresar a casa. Cuando sé que no estará simplemente las ganas desaparecen. Y me entretengo en la ciudad. Hago tiempo. Espero. Para que cuando llegue no parezca tanto el tiempo.
Viajes de trabajo. Vienen y van. Y espero. Espero su regreso.