La necesidad de explicarme para explicarte
Casi personal, casi biográfico, a veces imaginado.
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No sabías bien a lo que ibas. Quizá algo en tu interior lo deseaba, lo presentía. Entraste a la habitación como esperando que fueran unos minutos. Cuando me detuve antes de abrir la puerta, apenas querías sostener la mirada. Me recagué en el muro, para mirarte. Sí, tenías un poco de miedo. Te abracé, y empezaste a perderte. El miedo se fue yendo conforme nos besamos. Y regresó cuando te acerqué a la cama. Tardaste en ceder, en dejarme hacer con tu cuerpo. Pero lo hiciste -muy suave y muy despacio- para terminar en mis brazos, envuelto, cubierto, acurrucado, protegiéndote de mí.
Pienso que no sabías bien a lo que ibas, ni lo que sucedería. Y hoy día, recurrentemente, te recuerdo. Con toda tu ternura, con toda tu dulzura. Y pienso que quiero volver a verte, volver a tenerte.
Sólo por tener una par de horas la ternura que he perdido yo,
De verdad que no tienes nada que agradecerme.
Pronto empezarás a reprochar. Lamentarás este momento y desearás no haberlo vivido. Por mucho tiempo será el amargo recuerdo de un momento que no trascendió.
De verdad, lo sé, lo pasé. No debes agradecerme.
Lo que hoy te pareció mágico, el encuentro esperado, la coincidencia que se ve en las películas; un día, quizá no lejano sabrás que sólo fue mi soledad, mi miedo, su ausencia.
Sabrás que fue un abuso; una historia que se escribió con la tinta de tus pocos años, y lo que yo devine con los diez que te llevo.
No me agradezcas tú. Pero por favor, sí déjame pedirte perdón, porque a diferencia tuya, yo ya sabía lo que iba a pasar.
Podría hablar de forma de reír.
Encoje un poco los hombros.
Un pequeño movimiento de la cabeza.
Un poco hacia adentro.
También podría hablar de sus bromas.
Siempre un poco pesadas.
Su forma de mover las manos cuando habla.
Podría hablar de todos sus ademanes.
Lo que no podría decir en voz alta es lo que siento cuando lo veo.
Cómo, en secreto, me hubiera gustado que fuera él.