La necesidad de explicarme para explicarte
Casi personal, casi biográfico, a veces imaginado.
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El de las sonrisas duerme a mi lado, boca arriba, oigo su respiración, una mano sobre el pecho la otra cercana a su sexo. Se ve tan apacible, tiene esa cualidad, se ve en paz cuando duerme, todo tranquilo él. Quien diría que hace un par de horas traía alguna tristeza, se contuvo de llorar, es que no le gusta que lo vean llorar, ni siquiera yo. Se cubrió los ojos con un brazo para que no lo viera, pero su las muecas de su boca eran igual que las lágrimas que no quiso sacar.
De las cosas de adentro casi no habla, a lo largo de los días va sacando pequeñas frases, que escucho atento para luego ir hilando e ir creando la historia, la que nunca termina de contar, la que realmente nunca empieza.
Toda la ciudad debe estar dormida. Yo aquí, pensando un poco en todo, escuchando música bajito para que no lo despierte, para que se siga arrullando. Me gusta cuando duerme y como se ve dormido. No quiero fumar mucho, pues abrí la puerta para que se ventile un poco este cuarto, pero hace frío afuera, llovió un poco esta noche. No quisiera que se enfermera.
Hubiera querido hablar más, pero sus palabras salen como cuenta gotas. Con él no es así. A veces creo conocerlo y otras quisiera no conocerlo para dejarme sorprender. Casi no sucede ya, sorprenderme. Da miedo saber cómo es alguien, saberlo con tanta certeza, porque creo que mucho de sentirse feliz es sentir las posibilidades, ese olor que el amanecer trae, se huele más en el campo, donde no hay el ruido de los carros lejanos en la avenida.
Sacó una pierna de entre las sábanas, ha de tener calor. Es raro que lo haga, regularmente suda mucho y se mueve poco. A lo largo de la noche, cuando lo siento, lo tapo o lo destapo, pretendo mantenerle una temperatura agradable.
Noches como hoy creo saber que no importa cuando pretenda hacer por él. Igual él duerme y no lo sabe, ni lo siente, ni lo recordará. Hay que saber agradecer le dije, quería darle seguridad, consuelo o algo así para que no se pusiera triste, pero luego le dije que no es malo estar triste, que conmigo puede llorar.
Se contuvo de llorar. Con todas sus fuerzas no se permitió llorar. No es del tipo de personas que muestran sus sentimientos a diestra y siniestra, es más del tipo que mantiene ese semblante tranquilo, calmado. Finge una pequeña sonrisa, como si el viento en la cara no le molestara, como si el sol de frente no le nublara la vista.
Hay un lugar dentro del él donde se esconde cuando siente "eso" venir. Como un soldado en el campo de batalla, su única certeza es la trinchera más cercana. Quizá como la mariposa, que no quiere serlo, que prefiere quedarse en el capullo, más que enfrentar la inclemencia de los tiempos. Hay ese lugar en él. Donde hace frío, lejos del calor que guarda en sí.
Es tan difícil penetrar el corazón de la gente, más aún su mente. O quizá es demasiado fácil. No lo sé muy bien. Pero esta noche, cuando le llegó ese mensaje y me lo mostró, ví como lentamente, con esos movimientos suaves que lo caracterizan, elegante como es él, apaciblemente dejó su teléfono en el bolso de la chamarra, tomó un pequeño aire retomó la postura que por un breve, brevísimo instante había perdido, levantó la cabeza, apenas un poco pues nunca la agacha realmente y siguió adelante. Quizá habló de la película, de aquella colcha, de cualquier cosa. Y siguió adelante, como si no hubiera llegado ese mensaje.
No es de los que se derrumban frente a nadie, mucho menos en medio de un centro comercial. No, son del tipo de cosas que nunca haría. A pesar de no olvidarlo, a pesar de seguirlo amando.
Imagino por momentos la lucha que debe librar en su interior, y me conmueve y lo admiro. Es tan fuerte, o tan débil, no lo sé muy bien. Pero siempre me sorprende. Lo miro y pienso en los robles, en un roble. Hay árboles que parecen tan sólidos, tan firmes.
Aunque oscura la noche, veía sus ojos, esa mirada, es una muy particular, de cuando algo le duele, como deben dolerle los últimos meses, el último adiós y los días que han pasado.
En este momento probablemente esté en su casa, y aún más probable que ya no se contenga de llorar. Y con todas sus fuerzas debe estar llorando ahora.
Anoche me visitó mi papá. Lo vi entrar a la casa. Es algo confuso. Entró; lo vi aproximarse; salí de la cocina y me encontré con él. Apenas podía hablar. Lo miré bien, todo. En mis ojos la alegría se vistió de lágrimas. Era él. La misma imagen que tengo desde que se fue hace casi dos años y medio. No había palabras, él tampoco hablaba. Había en mi cabeza tantas preguntas, tantas dudas, preguntarle su opinión sobre esto y lo otro, que me guiara, que me ayudara a visualizar el camino. Miles de palabras en mi mente se arremolinaban formando frases, las mismas que desde que se fue he estado preparando. Pensé que finalmente Dios me había escuchado y lo traía de vuelta. Ya antes de abrazarlo sabía que no sería por mucho su estadía, que sólo venía un momento. No decía nada, callado. Lo abracé, me abrazó, fuerte, intenso y sólo pude llorar, sólo llorar. Es confuso, apenas recuerdo, no tengo detalles qué contar, es algo vago todo esto. Sólo recuerdo que lo abracé y lloré.
Esto es algo que no me gustaría contarle a un psicólogo o alguien así, sé lo que me dirían. Pero la verdad es que yo sé, que aunque en un sueño, mi papá me vino a visitar. No entiendo porque no viene cuando estoy despierto, como cuando esas noches que me encuentro solo le pido a Dios que me permita verlo, hablar con él. En esos días que no sé a donde ir, esos días que ando perdido y necesito de él. Pero no ha sido así, las plegarias no funcionan para eso al parecer, ni las súplicas ni los ruegos.
Sin embargo, aunque no fue cómo lo pedí, debo agradecer que anoche, durante mi sueño, regresó. Y me gustaría que lo hiciera más seguido, incluso me gustaría que fuera todo el tiempo, sin necesidad de pedirlo a Dios, sólo con levantar la mirada supiera que lo necesito. Porque aunque en el día a día me he acostumbrado a su ausencia, en la vida no me resigno a no verlo. Te extraño mucho papá.