La necesidad de explicarme para explicarte
Casi personal, casi biográfico, a veces imaginado.
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Y tal cual se lo dije: Ya no estoy dispuesto a pagar esa factura yo, así que te la paso.
Al principio era difícil sacar las palabras para no herir, típico pensamiento mío, pero quize prestar atención al consejo de Zolliker, y seguirlo al pie de letra. Resultó bastante bien al final. Me sentí como un patán que viaja más allá del descaro, porque rematé diciendo algo como "por eso creo que te tengo un cariño especial, porque te he podido decir todo esto" Su cara no mostró mucha alegría ahí, ni tampoco compartió mi risa de alegría. Claro, su historia es la opuesta a la mía.
Para no sentirme tan mal por lo hecho, y no es que me sintiera mal, pues me sentía bien, pero la razón me decía que debía compadecerme un poco, así que le dí unos cuantos consejos sobre como, al menos para mí, ha funcionado en la vida, y he logrado sentirme mejor.
Y algo que sí sigo creyendo es que si bien no puedo pretender controlar los sentimientos de alguien hacia mí y por lo tanto no es mi responsabilidad que se lo pase mal, si hay algo que es mi responsabilidad, reconocer a quien a vivido menos, a quien la vida le ha enseñado menos o de forma diferente, y si existe algo que yo ya sé, compartírselo... si lo sabe tomar, quizá, esa noche no sea tan dura...
Los textos comenzaron a resonar fuerte... las angustias cotidianas cuando disfrazados salimos de noche buscando algo parecio al amor. Intentando ocultar con ropa y peinados las profundas heridas que han dejado los desamores constantes. El texto exaltaba la soledad, la soledad y la eterna búsqueda de un sentido... algo como el pazword del alma...
Llevo dos días pensando en las noches o días cuando el texto corrió de la cabeza y tomó forma a través de sus dedos. He pensado en su cara cuando buscaba observar, capturar y entender algo para poder luego transmitirlo... ¿observaba o se observaba?... ¿cómo habrá sido que todo eso fue fluyendo?
No debí... creo que me enamoré de cada una de las palabras.
Más de tres años de padecer el extraño mal, finalmente a dos días de entrar al quirófano aún quiere ver el pelo en la sopa... y entonces yo le digo que cuál es el objeto de hacerlo, siendo que está a sólo dos días...
Titubea un poco antes de aceptar mi comentario. Entonces continúo. Le quiero compartir lo que yo he visto, lo que esta enfermedad le ha dejado: lo ha puesto en contacto no sólo con el dolor, sino con las múltiples incapacidades que parecen una prueba dura de pasar. Y lo acepta. Ya el otro día me había hablado de crear algo para ayudar a otros que pasen por lo mismo. Y continúo, le quiero compartir lo maravilloso que me parece estar en posibilidad de ayudar, de hacer algo cuya huella no quedará en algo parecido al paseo de la fama, pero seguramente, en la aquella persona que gracias a él, podrá acceder al tratamiento.
Hay cosas que simplemente están en la vida, nada podemos hacer al respecto, y a veces pienso, lo único que queda es sonreír... y dormirse con la fuerza que da la esperanza de que mañana todo podrá ser diferente.
A veces pienso es la única cuota que hace falta pagar, pero aún no me atrevo, pues el costo es la soledad.
Es esta mi visión culpígena que me atrapa y me guía. Por un lado tengo este o estos que me hablan de su amor por mí, de lo que soy en su vida, de lo que han encontrado conmigo, de cómo a través del tiempo y la distancia siguen pensando en mí. Y de verdad que lo agradezco. Me llenan las palabras y las acciones que las han acompañado.
Sin embargo, este o estos, no son el único lugar en mi vida, como dicen que yo soy en su lugar. Mis emociones se desbocan por aquellos que llegan apenas unas ocasiones y sólo dejan su estela, y luego ahí ando revolcándome en algo que son solo recuerdos.
Y a este o estos, no les puedo regresar las palabras en la misma intesidad. Me confundo entonces, porque el lazo se ha creado y se ha fortalecido. Y agradezco su presencia en mi vida, y no los quisiera ausentes. Y la única forma que encuentro para mantenerlos es diciendo lo poco que puedo decir para no contar una mentira, con parte de la verdad oculta.
En último caso esto no me acongoja. Es el hecho quizá de envidiarlos un poco por su sentir, que no es mutuo.
Y como a veces me gusta embarrarme de culpas, pienso que debiera alejarlos para siempre de mi vida, y entonces pagar mi factura pendiente: lel precio de la soledad.
Casi un mes después es ahí, en mi imaginario, el único lugar donde te he podido ver. Tu ausencia, tu dificultad para veernos esta semana, mi compromisos que deben postergar la tercera cita hasta la próxima semana... en fin.
Todo lo que tengo es mi imaginario, ahí te veo y te reveo. Vuelvo a estar contigo y construyo largas charlas. Recorro de nuevo tu piel y siento tu cabeza frotándose con la mía. Veo cómo duermes y te acoplas a mis brazos.
Lo malo es que, un mes después, el imaginario de desgasta un poco, y empieza la ilusión a resanar las formas que el olvido ha dañado. Y el caos se visualiza. Porque ha de llegar la tercera vez, y entonces no sé con quien me toparé.
He sentido la impotencia muchas veces en mi vida, y pocaas la he sentido de esta forma tan dolorosa, tan desgarrante. El pensamiento de siempre estar ahí por alguien ha sido continúo, el sentimiento de siempre querer estar ahí por él aún más.
Ahora esa extraña enfermedad le ha cambiado la vida. Finalmente vislumbra una pequeña luz de esperanza para finalmente acabar con su mal. Y yo aquí, que recién colgué el teléfono y no sé bien qué puedo hacer por él, por mi amigo. Sé que debo estar, acercarme, sólo estar presente... pero en situaciones como ésta uno se pregunta si el hecho de que un amigo esté sea suficiente.
Por que hoy mi mayor deseo es que te mejores.
La cara que se ve, es de la madre soltera, de pocos años aún, que trabaja, que recién regaló un televisor a su madre, que vive acompañada por una amiga, que ha logrado hacer de la maternidad algo propio, después de la sorpresa que le había causado cuando llegó.
Corrijo, esta es la cara que se quiere ver, porque la otra, la que todos saben pero nadie dice, es que en punto de las seis de la noche debe partir a trabajar. Bajo las luces, sobre el escenario. Como si fuera actriz, que no lo es, busca transmitirles algo a quienes la ven... bailar y caminar por entre las mesas. Permitirles imaginar que quizá podrían poseer su cara de aún niña. Su cuerpo de ya una mujer. También todos saben que esa amiga no es sólo eso, pero la compañera que decidió compartir su vida. Un estuche de todo lo que no debe ser en la vida una persona.
Y pienso que nadie quiere hablarlo porque les da pena, porque es algo de verguenza. Sin embargo no me parece tal, porque entiendo su historia, porque me la ha contado, por el orgullo de ver que alza la voz para ponerle palabras a sus errores, esos de los que ya nadie quiere hablar, y de cómo, con dignidad, cada día se desviste, al anochecer, bajo las miradas lujuriosas de los hombres... porque está luchando por un futuro mejor, para ella y su familia.
Por eso le saco la vuelta. Por la ausencia que luego llega.
Lo que empezó con su extrañeza por el bienestar, siguió con los besos -muy suaves, muy lentos-, y la sonrisa que en la distancia provoqué. Ha pasadoa la no respuesta de mis mensajes. A la tardanza sin explicación ni disculpa.
Y me siento enojado. Aunque más tranquilo porque llamé finalmente e hice lo que me nacía. Palabras pocas todas que no tienen semejanza con la imagen en la mente y en el recuerdo.
El otro día tuve ganas de disculparme con todos aquellos que han padecido lo que podría ser quizá mi gran defecto: ser ambivalente.
No me gusta quedarme sin nadie, no me gusta no tener a nadie que me alabe, que me busque, que me desee e incluso, que se enamore.
El juego de las palabras y acciones que utilizo para mantenerlos, dándoles la distancia que considero, dejando claro algunas cosas, y terminar cada frase con algo opuesto para que no se vayan totalmente.
No era algo que me afectara de manera profunda y resultaba extramadamente funcional. Sin embargo ahora, ya no quiero ser así. Pues ando luego por ahí jodiendo vidas. Esta es la marca de la serpiente yo creo, el marcar un antes y un después. Pero siempre el final es el mismo, no tengo a quien quiero, uno solo digo, y de todos los muchos, no se hace uno.
Claro, algunos trascienden un poco más que otros. Pero sólo gracias al juego que creo. En fin. Ahora sé que lo hago, y por aquéllas que han sido intencionales, pido una disculpa. Aunque era la intención.