La necesidad de explicarme para explicarte
Casi personal, casi biográfico, a veces imaginado.
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Es 4 de julio, día de la independencia de los EE.UU. Es la primera vez que festejo este día, bueno, que estoy en el lugar donde lo festejan.
Pero fuera del derroche de nacionalismo hay algo en esta gente. Hoy especialmente tienen miedo. Mucho miedo. Desde hace unos días, la gran mayoría espera esta fecha con temor, pues dicen, la ciudad es potencial objetivo de los terroristas. Es Texas, todo es grande, y si bien esta ciudad es la cuarta más grande de este país, no es la cuarta más importante.
Me daba risa ver el temor de esta gente. Pero al llegar la tarde del 4 de julio empecé a entender todo. Me dirigía al centro de la ciudad, lo que ellos llaman downtown, pues ahí tendría lugar el festejo mayor. Me impresionó ver una cuadrilla de aviones F-14 sobrevolando el centro. Me explicaron que era por seguridad, por temor del gobierno a un ataque terrorista.
Después, al llegar al lugar del festejo, lo primero que ví fueron soldados. Según fui caminando la presencia militar de muy fuerte. US Army por doquier. Camionetas que bien podrían parecer publidad de un refresco, eran entes de reclutamiento... curioso ver que la Armada de esta nación recluta al ritmo de música techno.
No necesité ver los noticieros para entender que este gobierno les infunde miedo. La gente acá vive atemorizada. Y creo que en gran parte, sin motivo real. Es sorprente ver la cultura del miedo que les han generado. Y no es para menos, hasta yo, en algún momento, tuve miedo.
El sábado fue un día malo en el trabajo. Tuvimos que parar cerca de las 16:00 por la lluvia. Pero retomamos cuando pasó, como a las 18:00... yo estaba en el jardín delantero de la casa, trabajando con otro chavo, cuando escuchamos el grito: "flaco! se cayó tu papá!"... corrimos al jardín trasero y ahí, en el suelo de concreto estaba Don Juan, con un bulto de tejas encima.
Cayó del techo de la casa cuando subía un bulto, cerca de 2.5 metros. Su hijo practicamente brincó desde el techo para auxiliarle. Él gritaba y gritaba del dolor. Su hijo, el flaco, bien deseaba gritar también.
Llamaron a la ambulancia, y los nervios empezaron, los contratistas no quieren tener problemas legales por accidentes de trabajo, y mucho menos, que se sepa que contratan ilegales.
Me pidieron que yo entrara a la ambulancia y tradujera, pues Don Juan, como el resto de los trabajadores, no hablan inglés. Además el contratista me pidió que diera direcciones falsas, que ni mencionara la palabra "trabajo", etc.
Entonces mi miedo por la migra empezó, sabiéndome en una situación ilegal como ellos mismos.
Nunca había entrado a una ambulancia; sólo puedo hablar del frío que se sentía dentro. Los paramédicos hacían mil preguntas, y apenas tenía cabeza para contestar. Don Juan, apenas podía hablar.
Antes de partir la ambulancia del lugar, les pregunté si me necesitaban, me dijieron que había sido suficiente, cedí mi lugar a su hijo, que ansioso esperaba afuera.
Afortunadamente no pasó a más. Pero el domingo nadie quiso trabajar. El lunes sólo fuimos cuatro (de 8)... llegamos y tuvimos que subir bultos. Aquél que cayó sobre Don Juan seguía junto a la escalera; ninguno quisimos levantarlo. Al pasar sólo lo veíamos, y creo que eso aumentaba un poco el miedo. No hubo muchas risas ni música de cumbia el día lunes. La jornada pasó demasiado tranquila, en mucho silencio.
Hoy pensé en la muerte; en la fragilidad de la vida; en lo rápido que este camino puede encontrar el final; en lo súbito que todo puede terminar.
No lograba mantener firmes los pies sobre ese techo, me resbalaba; no había apoyos ni nada para sostenerme; veía el piso 3 metros abajo; pensaba en la caida.
Primero, al primer desliz, inició el miedo, la inseguridad de dar un paso más, el no saber si el siguiente paso me llevaría a la desgracia de caer.
Segundo; pensaba en cómo sería, habría algo de qué sostenerme?, en dónde caería, qué tipo de suelo era ese, cuánto me podría lastimar.
Tercero; pensé en la muerte, en cómo, sin pensarlo ni imaginarlo, podría caer, clavarme una rama en la cabeza o que ésta atravesara mi cuerpo, en los cientos de rasguños que me provocarían los clavos del techo al resbalar... y si no hubiera muerte, sí la diversión de las heridas.
No es que haya visto la muerte pasar por mis ojos; es simplemente que me sentí frágil, sin control de "eso" que podría pasarme, de que, a pesar del sumo cuidado con el que daba mis pasos, podría "irme"... sí, tuve miedo, pero no podía dejar que éste me dominara e hiciera que me rindiera... me mantuve en tanto pude.
Creo que no quiero morir ahora, no es que tema a la muerte, es sólo, que hay algunas cosas que quisiera ver de nuevo; volver a sentir una mano sobre mi cuerpo; las caricias de esas personas que me quieren; ver las estrellas de Boninne una vez más; ver, sentir, oír... toda la vida que, debiera, faltarme por vivir.
Hoy pensé en la muerte, y sí, tuve miedo.
Historia de un ilegal. Parte I
Hace unos días empecé a trabajar como obrero. Estoy en “el otro lado”. Los días que he vivido son totalmente diferentes a cualquier otro. Soy ilegal… tengo que trabajar… estoy acá sin poder regresar.
Estoy perdiendo la noción del tiempo. He tenido que hacer cuentas para recordar el día en el que estoy. Las jornadas son muy, muy largas. Veo el sol recorrer el cielo de este a oeste. El lento pasar de sus horas. Las horas, la fuerza y la crueldad del sol que parecen inagotables… eternas… perpetuas. Es como el verdugo que a punto de degollar, nunca suelta la cuchilla.
Hoy me he preguntado en qué momento llegué aquí, cómo llegué hasta aquí. He estado triste de tener que hacer esto, no puedo negarlo, y no puedo describirlo: más allá del lento pasar de las horas, del hecho de cargar bultos de 40kg. por escaleras de aluminio que tiemblan más que mis propias piernas, de pasar la jornada sobre algún techo, bajo el sol, es el momento en la regadera, cuando en vano froto mis manos contra el jabón y contra el agua, no se limpian. Las yagas están por todos lados; las yemas de los dedos destrozadas, es difícil sostener la pluma; no se curan; las ganas de llorar contenidas, porque no debo, tengo que mantener la fortaleza para lograr esto; no me siento mejor.
Es, simplemente, muy duro.
Quiero ser positivo, quiero mantenerme firme, pero cuando se está en la cumbre de la fatiga, es difícil encontrar la energía. Y no puedo parar, ni de estar triste ni de trabajar.
Hace unos días empecé a trabajar poniendo tejas en los techos. Estoy en “el otro lado”. Los días que he vivido son totalmente diferentes a cualquier otro. Soy ilegal… tengo que trabajar… estoy acá sin poder regresar.
Lee los otros escritos sobre este tema!
Parte II
Parte III
Leyenda de la frontera no. 1
Se llama Will, es propietario de un rancho en un poblado de Texas, cuyo nombre debo omitir por seguridad de quien ahí realiza tan noble labor.
Este rancho, que está a cuadro días de caminata de Miguel Alemán, N.L., es un lugar de bienvenida para muchos mexicanos que cruzan el Río Bravo en busca de mejores oportunidades.
Cuentan quienes han estado ahí, que hace mucho tiempo, un par de chicanos lo amenazaron con denunciarlo por tener ilegales trabajando; la trifulca comenzó, y uno de los chicanos sacó una pistola, apuntó hacia él... y disparó, pero uno de los trabajadores ilegales se interpuso en el momento exacto, y recibió el balazo destinado a Will.
Los chicanos fueron puestos en prisión; y Will desde entonces se siente en deuda con los mexicanos, su misión, según dice, ahora es ser puerto de bienvenida para muchos de ellos, que después de la larga caminata por el monte, encuentran alimento y cobijo en el rancho. Al llegar ahí, pasan dos o tres días. Los favores lo agradecen con trabajo. Es el trato perfecto.
Ojalá hubiera muchos Wills en el otro lado, ojalá no todos necesitaran que de por medio hubiera la vida de un mexicano.
1978 – 2003, la fecha de una vida, la marca del inicio y del fin. Ambas miraban con sorpresa, con ganas de no creer, con ganas de creer que no es él, su hijo, su hermano.
El párroco les contó una historia que tampoco querían creer, que no hubieran deseado escuchar, que hubieran deseado fuera otra, o al menos, de otro. Y no era ni otra historia, ni otro el protagonista, era sobre él, quien fue su hijo, quien fue su hermano.
La vida, el destino, o Dios como decía el párroco, les había separado años atrás; ellas, la madre, la hermana, se habían marchado a un pequeño rancho; él, el hijo, el hermano, a probar suerte a la capital.
Para él, la historia debió empezar como empiezan todas las otras, llenas de esperanza y de fe, con las ganas de creer que la vida sería bondadosa, que la vida le sonreiría, que Dios no sería cruel. Y como todas las historias se topó con que no es así, Dios es cruel y la vida, día a día, mató su esperanza y su fe.
Un buen día, después de la última derrota sobre el ring, solo, partió sin rumbo, por esas calles que parecen existir sólo cuando uno anda muy abajo, cuando uno se da cuenta que los golpes de la vida han causado heridas que no dejan de sangrar, esos momentos de sinceridad que uno reconoce haber perdido una sola cosa, porque nunca se pierde todo, pero la pérdida de esa sola cosa basta para tener ganas de parar, dejar de caminar, de creer, de esperar; esa sola cosa que es la esperanza.
Ese día, que ya era noche, caminando sin rumbo, miserable, o peor aún, sin esperanza, ya mas nada tenía importancia, ya realmente cualquier cosa valía lo mismo. Esa noche, cuando el día había pasado, pagó el precio, de la misma forma que alguien lo paga al entregar su cuerpo al desconocido que camina por la calle; el precio, el alto precio que tiene darse por un rato, el precio de lamer el sudor que cae por la garganta como ácido para consumir nada, por que una sola cosa se ha perdido; el altísimo precio que tiene permitir que sus manos, como cucarachas, invadan el cuerpo, y uno pretende creer que son caricias, como mariposas, que no lo son. Así, él creyó que podía tomar lo ajeno, sin necesitarlo, sin realmente desearlo, tomar lo que no es propio y pertenece a otro. De la misma forma se entregó.
Y unos días después, alguien pudo tomar un cincel y grabar la fecha. Y el párroco pudo contar la historia de quien una noche se encontró a sí mismo, solo y caminando, con nada que perder, pues ya la vida, no le daría nada más que ganar. Alguien que empezó como todos los otros, y terminó como tantos otros, porque él tampoco hubiera deseado que esa fuera su historia.
Ahí, frente a los números, después de conocer la ruta, después de haber escuchado la historia, seguían preguntándose “¿por qué él?”.
Porque para entender ese pequeño momento, cuando el día ha pasado y ya es de noche, hace falta pasar por él.
Es solo la necesidad de escribir, claro, ser leído. Debe haber algo de ego en esto. Es la necesidad de contar lo que percibo, lo que a través de mis ojos entra, que a veces la frustración de que no sean más grandes, porque se me llenan al ver el mundo.