La necesidad de explicarme para explicarte
Casi personal, casi biográfico, a veces imaginado.
Mo'nonymous on Vestigios del pasado...
Mo'nonymous on A mi lado
today
June 2008
May 2008
April 2008
February 2008
January 2008
December 2007
November 2007
October 2007
September 2007
August 2007
July 2007
June 2007
May 2007
March 2007
December 2006
November 2006
October 2006
August 2006
July 2006
June 2006
May 2006
April 2006
March 2006
February 2006
January 2006
December 2005
November 2005
October 2005
September 2005
August 2005
July 2005
June 2005
May 2005
April 2005
March 2005
February 2005
January 2005
December 2004
November 2004
October 2004
September 2004
August 2004
May 2004
February 2004
January 2004
December 2003
November 2003
October 2003
ab
ex
ju
amigos
amor
angustia
beijing
chari
cuento
cyan
esperanza
familia
ilegal
juvie
miedo
noches
nostalgia
palabras
pasado
paz
peque
rayito
recor
sal
solitude
sonrisas
u
vida
北京
visited *loading* times
Ayer por la mañana, en plena oficina, tomé las fotos de mis dos amigos, los cuales viven a miles de kilómetros de aquí. Nuestra amistad está fundamentada en nuestro año de prepa juntos y una par de ocasiones más a lo largo de estos 11 años de amistad.
Ellos no han estado al lado fisicamente. Se han perdido muchos de los eventos importantes de mi vida. No sabemos bien a bien qué está haciendo cada uno de nosotros, en qué trabajamos, cómo va nuestra relación; los tres estamos lejos el uno del otro.
Sólo tenemos un lugar común, allá donde los recuerdos cobran vida, donde los senderos y caminos fueron recorridos en bicicleta, allá donde nacimos como amigos. Es allá, dónde los reencuentro y parece que los años no han pasado, parece que no hay tantas carencias entre nosotros. Verlos, conocer su forma de reír, poder platicar, simplemente estar, las bromas, lo que es en serio, fumar juntos.
Hay amigos en los que no hace falta el cotidiano, amistad que a pesar del tiempo y la distancia se mantiene, con la pura promesa de encontrarnos otra vez.
Ayer por la mañana tomé las tres fotos que nos hemos tomado en cada ocasión que nos hemos encontrado, donde estamos los tres abrazados, yo en medio .
Será que extraño mucho a mi amigos. Será que últimamente los siento lejos. Será que los siento ausentes. Será que me siento solo y me hacen falta ellos.
No los de la foto. Extraño a mi amigos de aquí, quizá por eso, pensé en los de allá.
Hay noches dónde me siento como un cazador. Como anoche.
Su cara simplemente perfecta. Los ojos que bailaban, la piel brillaba, su sonrisa iluminando mi mirada. Pequeño aún, con aires de muchos años de andanza.
(Apenas lo ví y lo quería tener)
Me fui acercando, despacio.
Descubriéndole cada centímetro de piel. Cubiertos por las luces, la música y la gente.
Avanzando firme, ante las puertas abiertas. Empezaron pronto lo besos -prontísimo-, y me hipnotizó su piel, su sonrisa, sus ojos pequeños.
(Aún más, lo quería tener)
Me fui pegando, rápido.
Procurando tener la memoria despierta para registrar con los labios la textura de su piel.
Quedaba espacio entre mis brazos cuando lo abrazaba. Pequeño. Fácil de tejerse en mí. Como engranes.
Las horas pasaban y todo se volvía más intenso. Mi boca parecía haber perdido el control, como imán en su cuello, en sus labios.
Parecía enamoramiento: del súbito, del efímero, del pasajero. Parecía el tipo de enamoramiento que puedo permitirme, el de unas horas, el que termina antes del amanecer.
Era tan fácil estrujarlo contra mi cuerpo, como pequeño cachorrito. Parecía tan dispuesto a ello. Parecía que nos entregábamos. Quizá, él lo creyó.
¿Qué quería yo de él? Sólo tenerlo. Sólo esperar el momento de descubrirlo desnudo, de besar su cuerpo entero. De liberar el deseo. De cansarlo y luego, dejarlo descansar en mí. De verlo por la mañana y luego, despedirme.
Entonces, lo que creyó era mentira, comprendió que era verdad, y me preguntó "¿por qué me besas si tienes novio?"
Lo que debe ser, lo enseñado, lo que creemos ver, los esquemas, los estereotipos... el fantasma constante de lo que no debo permitirme acompañaba su pregunta.
- Porque me gustas -respondí-.
- ¿Y no te importa que yo haya sentido algo?
Procuro ser discreto en estas situaciones. Procuro no contarlas demasiado. Cuido que se mantenga en los estrictamente posible. Soy atento a no excederlas más allá de lo puedo realmente mantener. Pero nunca pienso en lo que los otros pueden sentir.
En las noches que salgo y me siento cazador, no pienso que eventualmente la presa también puede ganar.
Acostado en mi cama.
La televisión encendida; repito episodios ya vistos de la serie que estamos viendo (para no adelantarme).
Hay menos cigarros en el cenicero.
La botella de agua no se ha terminado.
Puedo tomar el control remoto si quiero.
Un poco menos ropa en el piso.
Mis manos sólo pueden tocar este teclado.
Es él, el roce de su piel, lo que me hace falta.
El pasado está en mi memoria. Recuerdos que me visitan de vez en cuando. Algunos, como simples memorias que dan alegría o tristeza; otros, como anhelos de ese pasado que añoro.
Hace mucho que dejé de vivir en el pasado. La memoria se convirtió en esa máquina absoleta que trabaja arbitraria y caprichosamente.
Cuando el pasado no es un recuerdo sino el protagonista mismo las cosas se complican un poco. La memoria parece hacerse de cientos de gigas al instante, archivos de recuerdos que se abren en las ventanas de la mente, la memoria es simplemente envidiable incluso, en la calidad de imagen.
Fingir entonces que nada pasó, que nada dolió, es imposible. Fingir que olvidé, que recuerdo poco, que la memoria me traiciona, es demasida mentira. No hay escondite posible.
Frente a frente sólo hay una salida: aceptar que el presente es sólo uno y el pasado no volverá.
Allá, no es la tierra que me vio nacer, tampoco el lugar donde crecí, es sólo un sitio en el mundo que me adoptó y lo adopté. Y desde hace diez años ando pregonando que la mitad de mi corazón siempre está allá.
Lo cierto es, que extraño, que añoro. Y en días medio nublados, medio lluviosos, como ayer, como hoy pienso en todos ellos, mis amigos de allá, pienso en los lugares, las carreteras, las plazas, las casas, los bosques.
Ayer, me preguntaron qué quería de allá.
Un permiso de trabajo -respondí-.
Por momentos somos un rompecabezas de dos piezas.
Nos armamos en la cama, en el suelo, sentados o acostados.
La figura que el rompecabezas representa es siempre diferente.
Luego nos desarmamos, y cada uno de su lado, duerme.
No hay que romperse la cabeza, sómos él y yo.
Como esos rompecabezas que se disfrutan o desesperan.
Nos armamos y desarmamos cada noche.
Y siempre somos dos.
Por la noche, uno.
Las personas llegan sin buscar. Esos encuentros simplemente suceden, sin planeación, sin premeditación. Y así, me lo presentaron. De inicio no hablamos. Ni me fijé que me miraba. Después, ya evidente, lo noté. Y lo empecé a mirar.
Y la noche siguió. Despacio. Preguntas. Conversamos. Y el espacio se rompía poco a poco entre nosotros. El suave roce de la mano en una pierna. El tiempo se acomulaba en cada palabra.
Inexorablemente lo inminente sucedió, el fin de la noche, la amenaza del amanecer. Me pidió traerme a mi casa. Tomé fuerzas y respondí que no. Insistió. Dije y redije, que no.
Por un momento, mientras insistía, lamenté no estar solo. Él parecía, como han parecido tantos la primera noche, perfecto.
Después de una semana regresó. Lo extrañaba. Los últimos tres días fueron los tristes: bañarme en silencio, la rutina matutina solitaria, música en francés en el carro, la noche aburrida... en fin, me hacía falta.
Regresó, tenía yo una gran sonrisa para recibirlo. Él venía cansado, no tenía tantas sonrisas como acostumbra. Manejó. Llegamos. Comimos. Me puse a trabajar. Miró la tele. Me llamó para dormir, con una sonrisa, algo cariñoso. Supe que su humor estaba mejorando.
Y yo ya la cabeza la tenía perdida en las angustias del trabajo. No pude dormir hasta las 3 pensando en qué hacer. A pesar de eso, fue agradable despertar y verle ahí. Sí, me hizo falta.
Viajes de trabajo. Suceden de vez en cuando. Y se fue. Faltan días para que regrese.
Y yo, no tengo tantas ganas de regresar a casa. Cuando sé que no estará simplemente las ganas desaparecen. Y me entretengo en la ciudad. Hago tiempo. Espero. Para que cuando llegue no parezca tanto el tiempo.
Viajes de trabajo. Vienen y van. Y espero. Espero su regreso.
El sol no salía aún, aquella madrugada, cuando nos conocimos.
Seguíamos desnudos, abrazados, con apenas las luces de la ciudad iluminándonos.
El piso, la cama, la pared, el sillón, la pequeña mesa y los árboles que miraron a través de la ventana atestiguaron el momento, tus palabras.
Apenas horas, apenas vagas historias del pasado, apenas la ropa, apenas mi nombre, apenas.
Es eso, encontrarse, hace falta poco, muy poco. Y todo empieza. Ni siquiera necesitaste de un nuevo día, no hubo falta que llegase el amanacer, y dijiste:
"Ya estoy enamorado de ti"
Y apenas ayer, casi dos años después, apenas, volví a perder frente a él. No se escondía el sol, apenas la tarde. Te fuiste, me di la vuelta, tomé mi teléfono, y tuve ganas de ser infiel.
No sabías bien a lo que ibas. Quizá algo en tu interior lo deseaba, lo presentía. Entraste a la habitación como esperando que fueran unos minutos. Cuando me detuve antes de abrir la puerta, apenas querías sostener la mirada. Me recagué en el muro, para mirarte. Sí, tenías un poco de miedo. Te abracé, y empezaste a perderte. El miedo se fue yendo conforme nos besamos. Y regresó cuando te acerqué a la cama. Tardaste en ceder, en dejarme hacer con tu cuerpo. Pero lo hiciste -muy suave y muy despacio- para terminar en mis brazos, envuelto, cubierto, acurrucado, protegiéndote de mí.
Pienso que no sabías bien a lo que ibas, ni lo que sucedería. Y hoy día, recurrentemente, te recuerdo. Con toda tu ternura, con toda tu dulzura. Y pienso que quiero volver a verte, volver a tenerte.
Sólo por tener una par de horas la ternura que he perdido yo,
De verdad que no tienes nada que agradecerme.
Pronto empezarás a reprochar. Lamentarás este momento y desearás no haberlo vivido. Por mucho tiempo será el amargo recuerdo de un momento que no trascendió.
De verdad, lo sé, lo pasé. No debes agradecerme.
Lo que hoy te pareció mágico, el encuentro esperado, la coincidencia que se ve en las películas; un día, quizá no lejano sabrás que sólo fue mi soledad, mi miedo, su ausencia.
Sabrás que fue un abuso; una historia que se escribió con la tinta de tus pocos años, y lo que yo devine con los diez que te llevo.
No me agradezcas tú. Pero por favor, sí déjame pedirte perdón, porque a diferencia tuya, yo ya sabía lo que iba a pasar.
Podría hablar de forma de reír.
Encoje un poco los hombros.
Un pequeño movimiento de la cabeza.
Un poco hacia adentro.
También podría hablar de sus bromas.
Siempre un poco pesadas.
Su forma de mover las manos cuando habla.
Podría hablar de todos sus ademanes.
Lo que no podría decir en voz alta es lo que siento cuando lo veo.
Cómo, en secreto, me hubiera gustado que fuera él.
Desde hace mucho sabía que no era sólo sonrisas. Un escorpión se hallaba en él. Con la cola llena de veneno. Bueno, finalmente me picó.
Nunca pensé que me lo haría a mí.
Prendí la computadora esa mañana. Había pésima señal de internet en ese lugar. Me desconectaba cada minuto. Tan caprichoso, tan inestable, tan metafórico.
Abrí mi correo. Lento. Se tarda. De despliegan los mensajes lentamente. Como las hojas al inicio de otoño cuando no quieren caer. Lento como el viento del desierto. Uno a uno van se van anunciando.
Y entonces, uno de él, de quien un día fue el día y la noche, quien era más que las horas del reloj, quien llenaba los espacios de mis brazos, quien sin aviso se fue, antes de mi cumpleaños, antes de que yo pensara siquiera en irme, antes de que supiera que existían los finales. Se fue, cuando aún creer era tan irracional como la ingenuidad de un niño. Bueno, de él llegó el mensaje.
¿Qué si me incomoda tu mensaje? ¿qué si quisiera verte? ¿quieres saber qué ha sido de mi vida? ¿no quieres incomodarme? ¿sólo quieres un cafecito para ponernos al tanto?
Él no lo sabe. Lo que sucedió. Cómo fue. De los días después de su partida. De hoy día que vivo sin él, con alguien más. De cómo tampoco quiero que regrese, ni que vuelva, ni que se vaya.
Él no lo sabe. Lo que devino. De las pérdidas. De las heridas que nunca pudieron ser cicatrices. Del dolor que se reaviva cada vez que acecha su recuerdo. De las noches que sueño vendrá a salvarme.
Él no lo sabe. Ni siquiera lo entiende. Lo que es perder. La fe. Las ganas. La posibilidad de una vez más. De seguir adelante "como si nada, como si nunca, como si siempre".
Él no lo sabe. Yo tampoco sé mucho hoy. Quizá mañana nos encontremos.
Ahora está en la cama.
Lee.
No quiero ir aún.
Quisiera que se durmiera.
Quisiera tener algo que escribir para quedarme aquí .
No quiero ir.
No.
Y se me acaban las opciones.
Y no tengo nada que escribir realmente.
Sigue leyendo.
Prendí un cigarro en la esquina antes de entrar. Necesitaba calmar los nervios. 7 años habían pasado del último encuentro. De una historia que no llenaría tantas páginas, y sin embargo, necesitaba de un final.
No sabía bien qué esperar. Hasta miedo de haber olvidado su cara. Quizá sí sucedió. Ahí estaba yo, fumando. La esquina de Madison y la 45 en Nueva York era un vago recuerdo. Lo que sucedió entonces aún retumbaba en la cabeza.
Sabía que necesita respuestas, una explicación. Estar ahí para mí era parte de una vieja deuda, que tenía que ser liquidada. Repasaba el discurso que desde años venía preparando. Volví a formular la pregunta que necesitaba hacer, para que no hubiera error, para que realmente la comprendiera.
Necesitaba una respuesta, necesitaba desesperadamente un final para la historia que nunca lo había tenido. Se trababa de un libro que necesitaba cerrar.
Mi cigarro se terminó. Tomé mi maleta, crucé la calle y toqué el timbre. A mi derecha una puerta se abrió y salió él. No había olvidado su cara.
El otro día soñé que el de las sonrisas discutía con alguien. Conforme me acerqué lo reconocí, a él, al de la nieve de Beijing. Era tan extraño. Son tan parecidos. Discutían.
Me acerqué más y me notaron, entonces apenas alcancé a escuchar que el de las sonrisas decía:
- No tienes nada que hacer aquí, Hugo está conmigo.
- No por mucho, porque ya regresé, y vine por él.
Entonces cual telenovela mexicana los miré a los dos, que entonces ya me veían también. Y me desperté.
Han pasado cosas ultimamente; que me han hecho pensar sobre lo que tengo, sobre cómo es, sobre cuanto soportar, tolerar. Sobre cómo mantenerme. No sé si aferrarme. Y entendí el sueño. No espero volver a regalar la nieve que una vez le dí. No espero más que vuelva. No en el mundo real. Pero entendí que si espero ser salvado. Sueño que alguien vendrá y me salvará.
Salvarme de las noches, las mañanas o las tardes en que dejo de creer cuantos mundos son posibles. Salvarme para dejar de decir que l'amour... pas pour moi.
Hay noches que no quisiera que sucedieran, justo como ésta: cuando sus sonrisas no son suficientes. Como esta noche, que no las hay. Sólo queda su molestia por algo tan insignificante para mí. Hay cosas que no deberían tener valor para nadie, porque no valen lo suficiente para pasarla mal.
Hasta hace veinte minutos yo estaba muy bien, en la fiesta, sin él, pasándola realmente muy bien. Pero llegó, nos vinimos y sucedió que se molestó. Me puse sus zapatos, unos que debe apreciar mucho, me los vas a agrandar ahora -dijo- de por sí ya me quedaban grandes.
Qué tontería. Se estacionó. Ya no hubo palabras ni sonrisas. Ahora ya está acostado, próximo a dormir. Yo, al pie de la cama con la computadora escribiendo esto que no podría contener. Me siento triste.
Quizá ya la tristeza no es sólo por esta noche, por las últimas talvés, o por la suma de los últimos tiempos. No sé si se da cuenta o es premeditado, estos enojos siempre los he interpretado como pretextos, para poder decir algo que no sabría decir de buen modo.
Hay noches como ésta, que siento como lo creado se difumina en la cama hasta perderse con las sábanas. Como el beso de buenas noches que no hubo. Y justo noches como esta siento que todo empieza a terminar, o que no lo debería soportar.
Qué lástima que no sepa lo que es importante, lo que es valioso. En la vida, creo, sólo nos quedan esos pequeños ratos de magia para sentirnos vivos, importantes o valiosos. Y algo sucede, y debemos aprovechar, porque cada instante es suceptible de ser transformado en mágico.
Estas pendejadas hacen que se pierda, que se olvide que la elección es diaria, cuando decidimos crear esa magia para el otro, para uno. Por eso, hay noches que no quisiera que sucerieran: justo como ésta.
El orden y la paz de la ciudad se violentó cuando el ritmo de la salsa empezó a salir por la ventana; de este lado del atlántico la música no hace vibrar los muros, es el viejo continente.
Adentro, donde las notas rebotaban por las paredes y contra los muebles, lo tomó de las manos y le empezó a llevar. Es cierto, los ritmos latinos unen los cuerpos, están hechos para eso, es como una invitación obligada, como una cita planeada.
Así, moviendo las caderas, los hombros, se unían. Una vuelta. Otra más. Almas latinas, lejos de sus tierras, se encuentran, como si se conocieran. Juegan y bailan. Se coquetean, se seducen con el cuerpo. Es la música que incita, que invita, que obliga. Se besan y bailan. Se seducen y juegan.
Una canción tras otra, paran, la música se alenta, entonces se abrazan y sienten sus cuerpos, sus sexos ya erectos. Suavemente siguen, uniéndose. Ya no sólo es la música, ya no sólo es cuestión de ritmos.
No es cuestión de tiempo, se trata de los momentos. Del sólo momento en que empezaron a bailar.
Magia y música. Lento. Se abrazan como lo hacen como lo hacen los enamorados, dejando caer un poco la cabeza en el hombro, apretando suave y fuerte con las manos. Cerrando los ojos, sin pensar más en el movimiento de los pies. Suave. Muy suave. Muy lento. Despacio. Abrazados. Como si fuera para siempre; como cuando se sabe que ha de acabar.
Lograron llegar a esa espiral de tiempo, donde el resto del mundo deja de importar; un encuentro, una coincidencia, una broma del universo quizá.
Sí, hace tiempo que dejé de creer en las historias de amor. Esas de las canciones, las que hablan de la llegada del amor como la misma lluvia, las que dicen de eternidades como si fuera un producto hecho en serie. Dejé de creer en el amor, simplemente dejé de creer. Sí, lo perdí.
Quizá sólo me harté de que se vaya, de las despedidas. Me cansé demasiado rápido, o pasaron demasiadas cosas. O sólo una realmente, y con esa tuve para dejar de creer.
Así, talvés, intento hacer de él, de lo que hay, una historia de amor, de las que se me fueron, de las que no fueron. Disfrazar de romanticismo las cotidianeidades. Creer que todas las canciones hablan de nosotros. Y fingir que soy feliz. Y que vivo enamorado.
Y de vez en cuando decirme que es real y verdaderamente sigo creyendo, porque día a día cuando llega, cuando sonríe, el mundo realmente parece iluminarse con nuevos colores.
El de las sonrisas duerme a mi lado, boca arriba, oigo su respiración, una mano sobre el pecho la otra cercana a su sexo. Se ve tan apacible, tiene esa cualidad, se ve en paz cuando duerme, todo tranquilo él. Quien diría que hace un par de horas traía alguna tristeza, se contuvo de llorar, es que no le gusta que lo vean llorar, ni siquiera yo. Se cubrió los ojos con un brazo para que no lo viera, pero su las muecas de su boca eran igual que las lágrimas que no quiso sacar.
De las cosas de adentro casi no habla, a lo largo de los días va sacando pequeñas frases, que escucho atento para luego ir hilando e ir creando la historia, la que nunca termina de contar, la que realmente nunca empieza.
Toda la ciudad debe estar dormida. Yo aquí, pensando un poco en todo, escuchando música bajito para que no lo despierte, para que se siga arrullando. Me gusta cuando duerme y como se ve dormido. No quiero fumar mucho, pues abrí la puerta para que se ventile un poco este cuarto, pero hace frío afuera, llovió un poco esta noche. No quisiera que se enfermera.
Hubiera querido hablar más, pero sus palabras salen como cuenta gotas. Con él no es así. A veces creo conocerlo y otras quisiera no conocerlo para dejarme sorprender. Casi no sucede ya, sorprenderme. Da miedo saber cómo es alguien, saberlo con tanta certeza, porque creo que mucho de sentirse feliz es sentir las posibilidades, ese olor que el amanecer trae, se huele más en el campo, donde no hay el ruido de los carros lejanos en la avenida.
Sacó una pierna de entre las sábanas, ha de tener calor. Es raro que lo haga, regularmente suda mucho y se mueve poco. A lo largo de la noche, cuando lo siento, lo tapo o lo destapo, pretendo mantenerle una temperatura agradable.
Noches como hoy creo saber que no importa cuando pretenda hacer por él. Igual él duerme y no lo sabe, ni lo siente, ni lo recordará. Hay que saber agradecer le dije, quería darle seguridad, consuelo o algo así para que no se pusiera triste, pero luego le dije que no es malo estar triste, que conmigo puede llorar.
Se contuvo de llorar. Con todas sus fuerzas no se permitió llorar. No es del tipo de personas que muestran sus sentimientos a diestra y siniestra, es más del tipo que mantiene ese semblante tranquilo, calmado. Finge una pequeña sonrisa, como si el viento en la cara no le molestara, como si el sol de frente no le nublara la vista.
Hay un lugar dentro del él donde se esconde cuando siente "eso" venir. Como un soldado en el campo de batalla, su única certeza es la trinchera más cercana. Quizá como la mariposa, que no quiere serlo, que prefiere quedarse en el capullo, más que enfrentar la inclemencia de los tiempos. Hay ese lugar en él. Donde hace frío, lejos del calor que guarda en sí.
Es tan difícil penetrar el corazón de la gente, más aún su mente. O quizá es demasiado fácil. No lo sé muy bien. Pero esta noche, cuando le llegó ese mensaje y me lo mostró, ví como lentamente, con esos movimientos suaves que lo caracterizan, elegante como es él, apaciblemente dejó su teléfono en el bolso de la chamarra, tomó un pequeño aire retomó la postura que por un breve, brevísimo instante había perdido, levantó la cabeza, apenas un poco pues nunca la agacha realmente y siguió adelante. Quizá habló de la película, de aquella colcha, de cualquier cosa. Y siguió adelante, como si no hubiera llegado ese mensaje.
No es de los que se derrumban frente a nadie, mucho menos en medio de un centro comercial. No, son del tipo de cosas que nunca haría. A pesar de no olvidarlo, a pesar de seguirlo amando.
Imagino por momentos la lucha que debe librar en su interior, y me conmueve y lo admiro. Es tan fuerte, o tan débil, no lo sé muy bien. Pero siempre me sorprende. Lo miro y pienso en los robles, en un roble. Hay árboles que parecen tan sólidos, tan firmes.
Aunque oscura la noche, veía sus ojos, esa mirada, es una muy particular, de cuando algo le duele, como deben dolerle los últimos meses, el último adiós y los días que han pasado.
En este momento probablemente esté en su casa, y aún más probable que ya no se contenga de llorar. Y con todas sus fuerzas debe estar llorando ahora.
Anoche me visitó mi papá. Lo vi entrar a la casa. Es algo confuso. Entró; lo vi aproximarse; salí de la cocina y me encontré con él. Apenas podía hablar. Lo miré bien, todo. En mis ojos la alegría se vistió de lágrimas. Era él. La misma imagen que tengo desde que se fue hace casi dos años y medio. No había palabras, él tampoco hablaba. Había en mi cabeza tantas preguntas, tantas dudas, preguntarle su opinión sobre esto y lo otro, que me guiara, que me ayudara a visualizar el camino. Miles de palabras en mi mente se arremolinaban formando frases, las mismas que desde que se fue he estado preparando. Pensé que finalmente Dios me había escuchado y lo traía de vuelta. Ya antes de abrazarlo sabía que no sería por mucho su estadía, que sólo venía un momento. No decía nada, callado. Lo abracé, me abrazó, fuerte, intenso y sólo pude llorar, sólo llorar. Es confuso, apenas recuerdo, no tengo detalles qué contar, es algo vago todo esto. Sólo recuerdo que lo abracé y lloré.
Esto es algo que no me gustaría contarle a un psicólogo o alguien así, sé lo que me dirían. Pero la verdad es que yo sé, que aunque en un sueño, mi papá me vino a visitar. No entiendo porque no viene cuando estoy despierto, como cuando esas noches que me encuentro solo le pido a Dios que me permita verlo, hablar con él. En esos días que no sé a donde ir, esos días que ando perdido y necesito de él. Pero no ha sido así, las plegarias no funcionan para eso al parecer, ni las súplicas ni los ruegos.
Sin embargo, aunque no fue cómo lo pedí, debo agradecer que anoche, durante mi sueño, regresó. Y me gustaría que lo hiciera más seguido, incluso me gustaría que fuera todo el tiempo, sin necesidad de pedirlo a Dios, sólo con levantar la mirada supiera que lo necesito. Porque aunque en el día a día me he acostumbrado a su ausencia, en la vida no me resigno a no verlo. Te extraño mucho papá.
Ambos se encontraban ya en la cama; como cada noche. Era, la cama, ése lugar donde ahora la intimidad de otrora se diluía a través del colchón. Uno de ellos pronto concilia el sueño, duerme rápido y profundo, con la paz que algunos sienten cuando pequeños, cuando son protegidos.
El otro no concilia el sueño tan rápido, es de esos que si bien tiene la conciencia tranquila, los pensamientos le asaltan, tal como lo hace el recuerdo de la travesura infantil en los momentos más inesperados.
Así, insomne, con la poca claridad que entra por la ventana le mira dormir, y piensa, y sueña despierto; de los días de la pasión nocturna, de la búsqueda de los sexos, de la explosión del encuentro.
Con su mano empieza a recorrer y reconocer su propio torso desnudo.
Cuando las noches no sólo eran descanso, cuando el sueño no era un vil asaltante a mano armada, cuando ninguno cedía ante el peso del día transcurrido.
Su mano ya acaricia su pene, como si lo dibujara con pinceles de acuarela.
Recordó aquel día, aquella noche, aquel sueño: fue hace muchos años, al menos tres, cuando las noches no eran acompañadas como las de ahora.
Los colores fluyen por la yema de sus dedos e ilumina su sexo de color naranja.
Besos. Esa noche soñó con besos. Para ser más exactos soñó con un largo beso; uno muy suave, muy lento, inagotable, incansable, laaargo, un beso que parecía eterno, que parecía el sueño entero.
Su pene es ahora un lienzo impresionista, vivo, en movimiento, agitado por lo colores como los cipreses de Van Gogh.
Cerró los ojos al recordar aquel sueño, la luz de la calle que invade la habitación le ha hecho un llamado a dormir. A no soñar despierto, porque la luz sabe que hay sueños que uno no debe permitirse despierto, estos siempre peligran de volverse confesiones en una hoja de papel.
Los pinceles son otra vez dedos. Su pene erecto absorbió los colores y los contiene... esperando el sueño, aquél, el que seguro vendrá, para sólo terminar el ahora inacabado liezo.
El de las sonrisas sigue al lado... con sus sonrisas todos los días. La cuenta de los días juntos sobrepasa los 365, y el festejo ocurrió con "perfume de gardenias" y un quinteto de cámara.
Ha de ser el buen estado de ánimo que me aleja de la escritura. Es difícil entender que apenas los gallos cantan en las rancherías, y me despertador suena cual esquizofrénico en crisis, y las sonrisas empiezan.
Me gustaría escribir una novela rosa sobre esto, como a veces lo cuento a los extraños que envidiosos escuchan la historia de amor perfecta.
Yo, y unos cuantos más cercanos a mí, sabemos que no es así. Que estos 365 días no han sido sólo sonrisas, ha habido lágrimas, dolor, duda y miedo. Es que el de las sonrisas hubo un día que decidió sonreirle a alguien más.
Una noche decidió que andaría por ahí, jugando a ser valiente, jugando a no tener miedo, jugando a ser fuerte... jugando como se juega una ruleta rusa.¨
"No se juega con fuego"... pero hay noches que decide hacerlo. Quizá por ninguna razón en especial, quizá por una muy profunda que ni él mismo conoce o comprende. No tenía motivos, puede ser que sólo los estúpidos motivos que da el ocio.
Jugó, sin divertirse demasiado, sin disfrutar demasiado. Casi como un hábito molesto y rutinario. De la misma forma que camina la gente en el metro después del trabajo, sin ganas y con el cuerpo pesado.
Hay juegos que parecen llamativos, que parecen divertidos. Hasta que las consecuencias llegan, las que todos saben. Es que no quería terminar de entender que la muerte no se juega, sólo se obtiene como cosecha.
Al día siguiente, después de una noche en vela, la culpa de su estupidez lo consumía. El miedo, el terror, el horror de pretender jugar con la muerte... y comprender que ella, no es un juego, es el resultado.
Jamás tuvo tanto miedo en su vida.
Hace un año pasó por primera vez. Ayer volvió a pasar. Estando en el baño, simplemente sentí que no era yo. Sensación difícil de explicar, fue algo como pensar en mi, en mi vida, en lo que hago, y no sentir que era yo, como si pensara de alguien más.
Es algo como mirarme desde fuera y no reconocerme del todo. Ver lo que tiene, lo que hace y sentirlo como un extraño.
Extraña sensación. Da miedo.